Medio Informativo
Tradicionalmente, los peregrinos que había recorrido cientos o miles de kilómetros, además del gran gozo de abrazar al apóstol, seguían unos kilómetros más hacia el oeste para alcanzar el fin del mundo, el llamado por los romanos finis terrae. Se consideraba que más allá no había nada, como rezaba el antiguo lema hispánico: non plus ultra. Algunos estudiosos opinan que el Camino de Santiago es también una cristianización de las antiguas peregrinaciones de origen prerromano al Ara Solis, situado en Finisterre, donde los antiguos pobladores de la península adoraban al sol y al milagro de su muerte y resurrección diaria. Cristo, considerado por la teología cristiana medieval como la luz del mundo ("Ego sum lux mundi"), es la evolución natural hacia el cristianismo de estas creencias paganas. En la actualidad, se considera Finisterre el fin del camino, pues los peregrinos realizan allí una purificación espiritual. Se despojan de lo material y, al observar el infinito, "limpian" su alma y comprenden la grandeza de la creación y lo fútil de la existencia humana.
Así, a lo largo de los siglos, se desarrollaron en Finisterre ciertos "ritos de purificación[5] ", con mucha carga simbólica, en aquel enclave a sólo 98 km de Compostela. Antes de emprender el camino de regreso a casa, el peregrino realizaba tres actos:
En la última década, Finisterre ha visto revalorizado su carácter de pueblo del fin de la tierra y del fin del camino, y cada año son más los peregrinos que se acercan a cumplir el casi obligado ritual.